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lunes, 24 de marzo de 2014

“CHAMPIÑONES DE YUGGOTH” o “Lo que hice en mis vacaciones”



No, amigos, no es una reseña. Esta vez vengo a contaros en pequeños pildorazos –o champiñonazos-, lo que este vestigio de protoplasma con máscara de gas (su servidor Mr. Wolfville) hizo durante este agotador hiato:


-Fui a ver “El Nombre de la Rosa” versión teatral a los madriles. Decepción absoluta. Es básicamente la película trasplantada tal cual a los escenarios. Y punto. Una escenografía muy curiosa y bonita, unos actores excelentes –exceptuando quizás a El Bola haciendo de Adso de Melk, que soltaba algún histrionismo de vez en cuando- y una sensación de tongo, cuando resulta que en vez de ir a la novela de Umberto Eco y hacer su propia versión, los responsables del invento han hecho un “screener” del film de Jean Jacques Annoud. Es muy fácil hacer una adaptación de este tipo cuando resulta que el trabajo de poda y recorte te lo hicieron unos guionistas de cine hace unos añitos. ¡Si es que hasta los actores son clavados!

-Vi la tan cacareada “True Detective” enterita, una serie que básicamente esta hecha a mi medida. Atmósfera negruna (por “noir” y por siniestra), investigación criminal, toques de terror, referencias a Lovecraft, Bierce y al resto del catálogo editorial de Valdemar, influencia de Alan Moore –hay un diálogo entero en el capítulo final que esta copiado/homenajeado/fusilado de “Top Ten”, obra del barbudo- y, para acabar de arreglarlo, nihilismo y un poquito de sexo sórdido. Parece que acabo de describir mi vida. ¿Quién podría pedir más? Yo desde luego no, así que me siento un poco escéptico ante esa futura segunda temporada, ya con otros personajes, otro escenario y otro enfoque.

-Asistí con gran placer –aunque poco tiempo-, a la VII Tertulia Sherlockiana de Madrid, que por lo que pude inferir (y a pesar del holmesiano título) es un hervidero para todo tipo de diálogos en torno a la literatura popular, el cine, la música, el oficio de escritor y las espumosas jarras de cerveza. Por allí desfilaron Alberto López Aroca, que nos enseñó unos rarísimos incunables pastichianos del detective de Conan Doyle –con un fascinante tacto y olor añejos-, y también pude estrechar la mano de iconos para mi del estudio de la fantasía en este país, como Carlos Díaz Maroto o Javier Jiménez Barco, y otros eruditos y sabios varios en torno al mundo del cómic, el siglo XIX, los iconos del bolsilibro y mucho más. Y encima Juan Carlos Fernandez nos obsequió con unas tazas sherlockianas a elegir. Yo me quedé con la de la foto, con la ilustración de “Hound Of The Baskervilles” de Sydney Paget.  Ni que decir tiene que los hermanos Wolfville garantizan la asistencia a sucesivas ediciones en las que nos sea posible.


-Me he releído al completo las colaboraciones de Lovecraft –es decir, historias que él corrigió, completó y mejoró-, y he leído todas las que faltaban gracias a las tres ediciones que actualmente existen en España sobre este material tan oscuro e incitante. Como planeo hacer un comentario (quizás en varias partes) sobre todo esto, no voy a decir mucho más al respecto. Así que os dejo una imagen imprescindible extraida de "El Mundo Today":

Por fin podremos recibir la llamada de Chlulhu.

-También me leí al fin –tras años esperando una edición en castellano- “La Casa de Hojas” de Mark Z. Danielewski. Y sí, es un libro estupendo que he gozado infinito… pero no puedo evitar la sensación de que ha llegado tarde. El fallo que le veo es que “la casa…” se derrumba cada vez que la atención de la trama se va de la parte terrorífica a la parte… no sé como describirla… ¿dramático-social-lujuriosa? del subnarrador Jhonny Truant. Y aun peor, a pesar de que la trama de la casa es la más interesante, creo que se han hecho ya tantas historias de este estilo desde entonces –“El Proyecto de la Bruja de Blair” se estrenó casi a la vez que se publicó la novela- que a veces me da la molesta sensación de que el libro ha perdido actualidad y, por ende, eficacia. No obstante, y a pesar de ello, la obra es un auténtico disfrute que recomiendo. Quizás en una futura relectura cambie de opinión.

-Y siguiendo con los libros, por supuesto que me hice con todos los volúmenes que aparecen en esta entrada, ¿Había alguna duda al respecto?

Y por ahora esto es todo lo que recuerdo. El resto del tiempo me lo he pasado en una nube de alcohol y sustancias alimenticias de todo tipo que no me ha dejado ver mucho más, así que ya os voy contando.

jueves, 7 de noviembre de 2013

LA CASA DE HOJAS - Entrevista a MARK Z. DANIELEWSKI


Sí, amigos, llegó la hora de disfrutar al fin en español de "House Of Leaves", un libro de culto que solo unos pocos escogidos en este pais había leído de cabo a rabo en su idioma original -yo fui uno de los que lo compró en inglés, hizo el intento y despues dijo "Mejor me espero a que algún valiente se dedida a traducirlo"-, y ahora los chicos de Alpha Decay y Pálido Fuego se han asociado para traernos lo que parecía imposible. "La Casa de Hojas" ya es una realidad en toda su gloria de experimentación formal, múltiples tipografías, páginas al revés y una absorvente trama que mezcla vanguardia, terror, toques psicológicos, realismo... y sí, ¡Una casa encantada! Para celebrar este festival de placeres que nos espera he traducido la famosa entrevista a su autor, Mark Z. Danielewski, en la que se refiere exclusivamente a su libro y que -salvo error u omisión- creo que no estaba en castellano por ahi. El lunes tendréis esta joya en las librerías (aunque yo la tengo ya, porque la Fnac de Málaga ha traido algunos ejemplares. Ventajas de que uno de los editores sea paisano mio). Y sin más ni más, Danielewski toma la palabra:

Esta es tu primera novela y el producto de diez años de trabajo. ¿Cómo llegaste a escribir “La Casa de Hojas”?

Con muy poco dinero, muy poco tiempo de sueño y altas dosis de locura. Si empiezas a escribir algo como “La Casa de Hojas” es porque una parte de tí tiene que haber recibido un certificado de idiota por parte algún jurado. Pienso ahora, con perspectiva, que hubo una época en la que podría haber parado, sencillamente haberlo tirado todo a la basura. La casa, la familia, el extraño coro de voces. Pero entonces llegó el día –o debería decir la noche- en que me di cuenta de que habría sido imposible. Ya había cruzado algún tipo de línea invisible y el libro ahora me controlaba. Escuchaba sus peticiones y respondía a sus necesidades, convirtiéndose en una prioridad que estructuraba el orden de mi vida. Y, bueno, así fueron las cosas. Bienvenido al infierno. Has ganado el tour completo.

Debido a lo singular de “La Casa de Hojas” es más complicado definirla que cualquier otra típica obra de ficción. Has hablado de ella como una historia literaria de fantasmas, pero es mucho más que eso. Háblanos de tu libro y de como lo describirías.
 
Creo que muchos dirían que trata sobre una casa que es más grande por dentro que por fuera. Sin embargo hoy en día me gusta ver “La Casa de Hojas” como una obra de tres personajes: un viejo ciego, un hombre joven y una extraordinaria mujer. Los tres se cuentan historias unos a otros –historias terroríficas, historias tristes… ¿Has leido las historias sexuales?- y es fácil no dares cuenta de ellos, porque te sientes barrido por sus narrativas, por sus imágenes. Al menos eso me pasó a mi. Pero entonces, igual que ocurre cuando escuchas a un amigo que te está contando algo, hay momentos en los que tomas consciencia de la persona que tienes delante y asimilas todas las cosas que te esta describiendo: el diálogo, los hechos, junto a los gestos e incluso las dudas. Todo lo que rodea a lo que estas oyendo –los errores, las repeticiones, la energía- es, de hecho, un íntimo retrato de ellos mismos; y cada vez veo más así a “La Casa de Hojas”. Tres personas. Hermosas, tristes y por supuesto terríbles, vagando como unos condenados en los horrendos salones de su imaginación colectiva y de sus historias. Hechizándonos a nosotros –o al menos a mi- de la forma en que ellos hechizan a sus propios relatos.


Parece haber un súbito interés por el horror, con los estrenos cinematográficos este verano de nuevas películas como “El Proyecto de la Bruja de Blair”, “The Haunting” o “El Último Escalón”. ¿Qué sacas en claro de esta tendencia y como se relaciona “La Casa de Hojas” con el género del horror?

Leí hace poco un titular –creo que fue en el USA Today- anunciando que el terror inteligente estaba de moda. Eso es esperanzador, y me refiero en un nivel cultural. Este tipo de films plantean una pregunta muy importante: ¿Qué es lo que temo? El horror inteligente, o al menos tal y como yo lo veo, no se limita al típico asesino en serie o clichés por el estilo. El terror inteligente va en busca de los orígenes más profundos del miedo. Por lo general se basa en los fantasmas, la religion, la violencia inesperada y todo ello tratado con el suficiente nivel de incertidumbre como para no provocar un chute de adrenalina sino más bien un chute al pensamiento. Mira lo que ocurre con “The Blair Witch Project”. Los chicos quieren hablar sobre ella, y leerlo todo en internet.

Muchos films “mainstream” de los 80 eran solo acción, “Rambo”, “Arma Letal”, “La Jungla de Cristal”. Ofrecían heroes envueltos en actos de valentía imposibles, probando los límites de su aguante y su habilidad para soportar el dolor. No importa el presupuesto o lo enorme de su enfoque, casi todos sin excepción trataban sobre la rabia.

Tengo que ser un poco cuidadoso con esto, porque algunas partes de “La Casa de Hojas” reflejan mi propio aprendizaje en ese género. Sin embargo, lo que los 80 nos proporcionó fue una mirada muy cercana a esa rabia. Probablemente ya sabes por donde voy. Y no te preocupes, no voy a profundizarte en los exactos mecanísmos psicológicos y químicos. Para que no te termines toda tu botella mientras dura esta conversación voy a simplificarlo: La rabia es siempre el resultado y una respuesta al miedo. Lo digo así porque las respuestas podrían ser categóricamente multiples.

Es posible que conozcas a el clásico que dice que nunca tiene miedo (digo “él”, porque es típico –aunque no siempre sea el caso- que los hombres sean los más dispuestos a decir algo tan ridículo). Bueno, si le preguntas a este tipo si alguna vez ha estado enfadado, probablemente responderá: “claro”. Diablos, seguro que incluso alardea de ello. Pero si estas enfadado, también estas asustado. No me importa si es un cabreo en la carretera o la respuesta a una puya de tus padres, o la pinta tan rara que tiene un libro nuevo. Si te sientes agitado por la ira, entonces algo te ha asustado.

Por supuesto este pensamiento no es lo más innovador del mundo, es tan viejo como las montañas. Pero a veces este conocimiento es malinterpretado. El subidón que nos provoca la rabia, el sentimiento de poder y posibilidades, es tan intenso que olvidamos su origen. No recordamos que en realidad somos el producto más alto de nuestro propio laboratorio químico interno. Y es un laboratorio muy sofisticado.


Asi que me siento ilusionado por esa tendencia hacia el horror inteligente, porque sugiere que hay una voluntad, a nivel cultural, por superar la respuesta de la ira y tratar con una pregunta mucho más heroica: ¿Qué es eso que temo? ¿Y por qué? ¿Y como debería responder a ello?

En fin, quizás aquello que nos asusta tanto resulte ser solo una habitación oscura y vacía. Pero a lo mejor no es asi. Estamos aquí para averiguarlo.

Los muros y las limitaciones no tienen sentido en el mundo que has creado. Mientras el caos y el terror se adueñan de tu novela, el texto lo sufre; A la vez que la casa se transforma, también lo hace el manuscrito de Zampanò. ¿Qué es lo que intentas decir sobre el poder mutante del miedo?

Voy a tener que contradecirte en esto. “Sin sentido” y “terror” no pueden coexistir. En el corazón de todo terror está el miedo a perder aquello que tiene más sentido para nosotros. Incluso el “terror del sinsentido” es lo mismo. Es el miedo a que tu vida y aquellos a los que amas se conviertan en algo intrascendente. El hecho de que tu experimentes personalmente el terror me indica que hay mucho en “La casa de Hojas” a lo que le encuentras sentido.


De un extraño y quizás irónico modo –sobre todo estimulado por el peligro sobre los otros- el terror puede ser en realidad la prueba de nuestra habilidad para preocuparnos, y sobre todo amarnos.

Johnny Truant es un chico típico de los clubes de Los Ángeles y un personaje fantástico. ¿Está basado en alguien que te encontraste en L.A.?

Sip. Aunque lo ultimo que supe de él es que estaba desaparecido.

Eso es todo lo que vas a contarme, ¿Verdad?

Sip.

Tu libro pone nervioso al lector de una forma fascinante y totalmente nueva. ¿Tenías intención de inquietarnos así?

Cuando tenía seis o siete años vi una película de vampiros y me aterrorizó. Pude superarlo a base de buscar todo lo que pude sobre ellos; el "Drácula" de Bram Stoker, cómics, artículos. Cualquier cosa que se te ocurra seguro que la leí. Por supuesto a mis padres no les gusto que me pasara meses espolvoreando la casa con sal de ajo.

“La Casa de Hojas” trata en realidad sobre la inquietante naturaleza del miedo y mi intención era ilustrar eso, pero también es sobre recuperarse del miedo. Puedes decir que es “Drácula”, autoayuda y sal de ajo todo en uno. Solo que huele mucho mejor.

Los lectores de “La Casa de Hojas” notarán enseguida que eres un aficionado al cine. ¿Cuándo comenzó ese interés?

Mi padre era cineasta. Hizo television en directo en los años  50 y posteriormente cine vanguardista, para acabar finalmente en los documentales. Recuérdame que algún día te hable de cuando vivimos en España. Lo que pasó allí fue bastante asombroso. Incluso mucho más, creo yo, que lo de las cobras en la India.

En cualquier caso no importa lo que él estuviera haciendo, ya fuera rodar un film en Africa o dirigir un culebrón en New York, él hablaba sobre cine constantemente. Y cuando mi hermana y yo eramos jóvenes siempre traía las pelis de 16 mm a casa. Por aquel entonces teníamos a mano un viejo proyector y un gran surtido de pantallas. “La pantalla es lo más importante” decía, y entonces comenzaba a discutir sobre el tamaño, niveles de reflejo y todo eso. Muchas familias gastan dinero en coches, vacaciones y ropa, aunque estén arruinados y nosotros lo estábamos por entonces. Muy arruinados. Fue una lección importante la de que los zapatos no eran vitales, papa gastaba dinero en las pantallas.

Y fue un precioso regalo. Mi Hermana y yo no lo sabíamos entonces pero fue una magnífica y extraña educación. Cada semana Kubrick, Reed, Chaplin, Fellini, Bergman, Ford, Welles, Lean entraban en nuestra habitación. Todas sus luces, maravillas, genio y conceptos erróneos eran lanzados en la pared abriendo un pasillo mágico y extendiéndose hacia lugares lejanos. Mi padre siempre estaba detrás nuestra, en su silla, en las sombras.
Por supuesto solo porque teníamos una pantalla decente no quiere decir que tuvieramos un proyector decente, y desde luego no teníamos más de uno. Eso quiere decir que cada treinta o cuarenta minutos el carrete se salía y había que enroscar uno nuevo. Imagina a quien le tocaba hacerlo.


El caso es que durante esta interrupción mi padre comenzaba a preguntar: “Niños, ¿Qué estamos viendo en realidad?” “¿Por qué esos colores?” “¿Por qué ese nombre?” “¿Y que hay del sonido, la música o las interpretaciones?” “¿En realidad trata solo sobre cowboys?” Pero nada de ello era comparable a lo que venía al terminar la película. Largas discusiones de horas, a veces inspiradoras, a veces crudas en las palabras. Y sí, por supuesto, miedo. Lo cubríamos todo. Estructura, contenido politico, logros estéticos (o no).

Cuando venían amigos de visita, ellos siempre experaban la típica experiencia cinematográfica. Ya sabes, dos horas de entretenimiento y fin de la historia, así que les esperaba todo un shock. La película solo era el punto de partida. No creo que ninguno de ellos se fuera igual que vino, y estoy seguro de que si hablas con algunos de mis colegas de la escuela o la Universidad te dirán exactamente lo mismo. La película estaba bien, pero era la charla lo que más importaba.

Mi padre sera recordado por un montón de cosas, pero para algunos TZD –como algunos de mis amigos le llamaban- siempre sera conocido por su apasionada consideración por el arte del cine.

¿Sigues teniendo el proyector y las pantallas?

Estan en algún almacén por ahi, no las he visto en años. Muchos años. [pausa] Acabo de recorder algo, cuando mi familia murió la pantalla se puso negra

¿Tienes algún interés en ver “La Casa de Hojas” convertida en película?

Igual que dice Will Navidson sobre la casa de Ash Tree Lane: “No está a la venta”. Hoy en día se escriben demasiados libros pensando en los derechos cinematográfios, lo cual creo que limita el enorme potencial de la palabra escrita. Me refiero a que cualquier autor que ha leído y escrito mucho debería saber que el cine es un  medio diferente, con un lenguaje diferente. Si piensas en el contrato con Hollywood mientras escribes estas ya vendiendo todas las posibilidades que se te abren ahí en la página. Me encanta el cine, pero “La Casa de Hojas” no es ese tipo de experiencia. Si quieres ver la película, tendrás que leer el libro.

Hablemos un poco sobre la estructura de “La Casa de Hojas” que no es nada convencional y completamente fascinante. ¿Como llegaste hasta este concepto? ¿Y qué hay de las notas al pie?

Creo que explicar la estructura de “La Casa de Hojas” es más difícil que leer el libro. Y aunque me gustaría reclamar para mi algún tipo de extraordinaria originalidad, la verdad es que no hago más que aprovecharme de las capacidades inherentes a cualquier persona. Ya sea con revistas, radio, TV y, por supuesto, Internet, mucha gente de los 90 no tienen problemas para multi-procesar enormes cantidades de información. Lo hacen quizás sin saberlo. Es lo mismo que caminar o buscar el horario de una película, todos estamos involucrados –sobre todo de forma inconsciente- en gigantescos y normalmente exitosos malabarismos mentales. Clasificando historias, listas de la compra, el sonido del vecino hablando en un lenguaje que desconocemos, música que nos encantaría entender mejor, la imagen de un poster… Y todo esto mezclado con nuestros apetitos, murmullos emotivos, y, con frecuencia, la aparición repentina de recuerdos aparentemente inconexos.

En realidad la única parte difícil de mi libro es la propia idea de un libro. Las generaciones más veteranas –ignorando el hecho de que ellos también multi-procesan su desayuno, un choque de trenes en la India y pensamientos dedicados a un amigo enfermo- quizás piensen que “La Casa de Hojas” es difícil, porque tendrán ciertos prejuicios. Ellos han sido aleccionados sobre que pinta debe tener un libro y como debería leerse. La didáctica del manejo más común les ha inculcado la noción de que un libro debe empezar por aquí, moverse de tal forma y acabar en aquella parte.


Pero los libros no tienen porque ser tan limitados. Puede intensificarse la experiencia y el contenido informativo. Pueden unirse multiples historias en la misma páginas. Elementos de búsqueda –en “La Casa de Hojas” es un índice de palabras- puede facilitar las referencias cruzadas. Ciertas partes pueden ser encontradas, estudiadas, revisitadas o incluso aligeradas. Y eso es solo el comienzo. Las palabras también pueden colorearse y ese color puede tener un significado.  Podemos plantear como de rápido se deben o no se deben volver las páginas. ¡Diablos! Las páginas pueden estar inclinadas, boca abajo, e incluso pueden leerse al revés. Me encanta contemplar a alguien en el metro dándole la vuelta a su libro mientras lo lee.

Pero ahí esta la gracia. Los libros han tenido esta capacidad desde siempre. Lee a Chomski, Derrida, Pinker, Cummings. Mira los manuscritos de primeros del siglo dieciséis. ¡Maldición! Abre el Talmud. Los libros son construcciones de gran importancia, y con enormes posibilidades. Puede que usaramos un G3 de 300 Mhz para terminar la maquetación de mi libro, pero llegar de la primera página hasta la última te llevará un tiempo demencial. Y aun así puedes coger un libro, incluso una enciclopedia, y llegar de la primera hasta la número 100 en mucho menos tiempo. Y puedes llevar esta creación mágica contigo, escribir en ella y nunca necesitaras software de búsqueda para encontrar lo que escribiste y leíste hace años. Pero en cierta forma los poderes de estos maravillosos paquetes de papel han sido olvidados. En algún punto del camino todas sus posibilidades han sido relegadas.

Me gustaría ver como cambia esa percepción y que el libro fuera presentado de nuevo como lo que realmente es. No es imposible, solo tenemos que llevarlo a cabo.

Gracias, Mark

A ti.

¿Me contarás lo de las cobras? ¿Y España?

Algún día.

Bueno... ¡Pues ese día ya ha llegado! Danielewski al fin habla sobre qué demonios le pasó en España, algo que, por cierto, ya me pregunté en ESTE POST de hace... ¡¡¡Tres años!!! AQUI tenéis la más reciente entrevista al autor en la que al fin aclara un poco sus miedos castizos.

miércoles, 30 de mayo de 2012

CRÓNICA FALSAMENTE BREVE Y ALTAMENTE ABSURDA DE LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2012


Absurda  por varias razones. La primera porque no soy periodista –por lo que la impresión será subjetiva y se(s)gada con una guadaña, la segunda que esta es solo la segunda o tercera vez que asisto a tan magno evento –y mis percepciones no tienen mucho con qué comparar-, y por último, pero no menos importante, mi absurdez vital me lleva a verlo todo de forma… pues así, absurda. Nadie me va a arrebatar, eso sí, la legitimidad de poder decir que estuve allí, que sobreviví a la experiencia y que os traigo el informe de combate para vuestro disfrute erótico-festivo. Como sabéis los tres que seguís esta errática bitácora, por estos lares la confusión y la psicodélia reinan a sus anchas. Así que si lo que buscáis es una crónica erudita, seria y fidedigna de lo que pasó en Madrid el fin de semana pasado (y de qué diablos va todo eso), seguid buscando.
Llego el viernes a la feria con mi hermano. Eran las 6:30 y el tiempo tiró pronto del sol al crepúsculo –horrible palabra- y de ahí al oscurecimiento. Oscura, como siempre, es la ubicación de cada cosa, porque aquello es tan jodidamente inmenso, que yo (acostumbrado a la feria del libro de Málaga con sus diez casetas y media) tiendo a perderme en lo inabarcable del asunto por mucho letrero o megafonía que inunde mis sentidos. He leído críticas a la organización de las firmas y eventos, y es verdad que la cosa es un poco caótica. Escritores de prestigio –como Eduardo Mendoza o Almudena Grandes- se veían hacinados en inquietantes zulos bajo su foto y enterrados bajo las hordas de miríadas de fanes en busca de firma, tertulia o consuelo espiritual. Como siempre, el contraste entre una primera línea de escritores con un letrero plastificado y colorido con su nombre (¡¡y a veces hasta su foto!!), se solapa bochornosamente con otros escritores –o ilustradores, que también había- coronados con un escueto folio escrito ¡¡A mano!! sobre su cabeza. Tanto autores como editores están al acecho cada vez que se te ocurre comentar algo sobre algún libro ubicado a escasos centímetros del público “Sí, tienes razón… yo soy el autor por cierto”, “¿Ah, sí? Pues si te interesa ese libro, este otro que tengo aquí…”, “Hola. Parece que te gusta la ciencia-ficción. Pues mira, este libro está muy…”, “¿Hace una firmita, ojazos?” y demás anzuelos lanzados a la desesperada en pos del interés del aburrido paseante.
"¡¡Ah, Baterbly!! ¡¡Ah, Humanidad!!"
El trayecto se veía amenizado –y amenazado- por personajes populares del Retiro madrileño (cartúlis, estatuas humanas y pedigüeños varios), que se mezclaban con mascotas de libros infantiles (setas gigantes, una elfa con alitas, una especie de aborto mutante de físico similar al de Humpty Dumpty…) y la verdad es que a veces era difícil distinguir a unos de otros. Aun más esquivando a los corredor@s  enfundad@s en sus mallas de “jogging” cimbreando por entre los asistentes, y algunos incluso  interesándose por alguna de las novedades expuestas y cubriendo las cubiertas –valga la redundancia- de gotas de sudor. Volviendo a las firmas, hubo algunos momentos realmente inquietantes. Uno de ellos fue ver a Boris Izaguirre compartiendo caseta con Fernando Schwartz.
"Ay, señor, señor..."
 A pesar de que ambos son escritores famosos gracias a sus apariciones televisivas, Izaguirre acumulaba entusiastas colas mientras que Schwartz permanecía contemplando el infinito con su afilada mirada y una caída de boca floja bastante espeluznante. Y lo peor de todo es que, más que firmar libros, la ocupación de Boris consistía más bien en posar de forma lánguida junto al panoli de turno en esas sesiones de “Ay, que me hago la foto con el famosete y la enseño luego”, que también sufrió Elsa Punset, otra “TV celebrity”. Pero si hay que buscar el momento más espectacular de la jornada en cuestiones de firmas, me tengo que quedar con una foto que hice emocionado y que, creo, vale más que mil palabras:
¡¡Gerónimo Stilton firma ejemplares de su obra!!
Ya habéis tomado aire después de esto, ¿No? Os entiendo, no todos los días se ve a un personaje propio de la isla del Dr. Moreau dedicando libros cual Arturo Pérez Reverte. Pero bueno, estas terroríficas interrupciones me estaban distrayendo de mis objetivos.
Lo primero y antes de nada había que buscar a Alberto López Aroca, que era uno de los principales motivos para asistir y el único que involucraba a un escritor al que quería conocer –luego, inesperadamente, hubo suerte y conocí algún otro-. En la caseta de Dibbuks/Ilarión, que es la editorial que ha reeditado su mítica novella –No, no se me ha ido la mano y he puesto una “l” de más. Es que es una novela corta- “Estudio en Esmeralda”. Esa cuasi-mítica reinvención de la primera novela de Holmes trasladando el argumento a un entorno futurista y de ciencia-ficción. Aroca, gracias a Chtulhu, es lo opuesto a la típica celebridad de culto autosuficiente y sobrada de sí misma, resultando ser un ente enrollado y con el que cualquier persona decente –y de cualquier tipo- querría pasar un rato charlando. Hablamos de Neil Gaiman, de sus comienzos en la autoedición, de Sergio Bleda, de los bolsilibros de Silver Kane, de sus propios títulos descatalogados (alguno le llevé para que me firmara) y me llenó de gozo al darme la bienvenida oficialmente a su Academia de Mitología Creativa “Jules Verne” de Albacete. Deseando estoy de ir allí a cumplimentar los votos o hacer los sacrificios humanos que hagan falta para ratificar el asunto. Otra cosa: sus dedicatorias son geniales. ¡Chapeau, maestro!
Aroca firmando libros. Foto miserablemente robada de Facebook.
 Aquel día acabamos en la infaltable caseta de “Estudio en Escarlata”, donde pillé la reedición del primer libro de… ¡¡¡Harry Stephen Keeler!!! Pensaba que ya se había suspendido la recuperación de tal joya, así que arramblé con ella y con las tres primeras novelas del ciclo de marte de Burroughs, felizmente recuperadas con ilustraciones y notas por los ínclitos muchachos de La Biblioteca del Laberinto, ¡Loor y gloria a ellos! Las compras, como es lógico, fueron copiosas en los dos días que dediqué a zascandilear por la feria. Las casetas se dividían, como siempre entre las de las librerías y las de las editoriales. La verdad es que, obviando la de “Estudio…” me motivaba mucho más inspeccionar las segundas, para darme cuenta por enésima vez de que cada vez hay más editoriales pequeñas y arriesgadas, que no paran de sacar material y, supongo, de venderlo. No parece que haya crisis para este sector, porque las publicaciones raras se multiplican como cucarachas al calor. Eso es bueno. En cuanto a las consagradas… por supuesto Valdemar sigue siendo estéticamente la mejor caseta de la feria, y además presentaban una nueva entrega de su sello dedicado al western, entre las góticas novedades de rigor:

Por supuesto la de Planeta de Agostini, que ocupaba cuatro o cinco casetas, fue ignorada por mi mismidad, así como la de Vips. Esta última añadía, para más oprobio, vendedores con el uniforme –gorra incluida- de esta franquicia de restaurantes que, dependiendo del establecimiento, pueden vender también algunos libros chorras. Un espectáculo dantesco que confirma la categoría de fast-food de cierta literatura.
Siguiendo con las editoriales, en Jaguar piqué con el nuevo libro-ensayo del gran Carlos Díaz Maroto, en este caso un estudio sobre todas las apariciones en cine y televisión de Superman y Batman. ¡Ah! Y espectacular la caseta de los postmodernos y actualísimos Alpha Decay. Fue un shock comprobar que los tópicos a veces son reales, al ver que el chico y la chica que atendían el chiringuito –ambos, por supuesto, editores de …Decay- lucían unas inevitables… ¡¡Gafas de pasta!! En cualquier caso me agencié con su versión de “La Llamada de Cthluhu” en traducción de Javier Calvo, y les di la enhorabuena y las gracias por publicar “House Of Leaves” el año que viene. La chica de las gafas de pasta –muy agradable y simpática, por cierto- me dijo que ella se encargaría de la maquetación de dicha obra. ¡Glubs! Le dije que valor y al toro.
Un ejemplo de lo bien que se lo van a pasar los chavales de Alpha Decay maquetando "House Of Leaves"
En general la jornada mañanera del domingo fue, además de más calurosa -¡Gracias, caña de cerveza!-, mucho más concurrida. Ingentes cantidades de piquetes en busca de la firma de los sudorosos escritores se desparramaban entre los escasos huecos entre caseta y caseta, pudiendo provocar más de un caso de insolación o combustión espontánea; además del peligro de las casetas de corte juvenil-infantil-comiquero. Algunas de las cuales –como la de la tienda “El Coleccionista”, de Lavapies- me hubiera encantado examinarla con más detalle, pero me estaba entrando sarpullido con tanto niño vociferante y padres en busca de algo con colorines para que el crío en cuestión se callara; algunos de esos esforzados progenitores incluso se clavaban delante de los expositores portando un cochecito infantil que bloqueaba tu paso, y dentro del cual gritaba otra banshee clamando venganza. Tras volver a saludar al señor Aroca, mis oídos –ya para entonces bastante castigados con tanto escándalo y megafonía de los veinte duros- creyeron oír el nombre de Juan Jacinto Muñoz. ¡Vaya! ¿Rengel? Uno de mis autores favoritos firmando a escasos metros y yo ni me había enterado de su asistencia. Total, que fui corriendo a la caseta en cuestión (la 55), cuando me di cuenta de que me encontraba concretamente en la 268 o así, por lo que lo de “escasos metros” había sido algo precipitado. En fin, tras otra caminata de casi veinte minutos bajo el sol de justicia y a través de la ingente fauna del Retiro, me presenté y charlé un rato con el susodicho JJM. Conocía mi blog porque había enlazado en facebook la reseña que escribí sobre su “Asesino Hipocondríaco”, así que hablamos de steampunk, engranajes, golems y todos esos gustos que tenemos en común. Una experiencia muy buena y otro escritor muy majo. Aunque tuviera que comprarme otra vez su libro para que me lo dedicara, lo hice con sumo gusto.
Por cierto que me dijo el señor Rengel que esta maravilla está complicada de conseguir. Pedidla si podéis o abalanzaos sobre ella si tenéis la fortuna de toparos con un ejemplar. Estamos ante uno de los mejores libros de relatos de las últimas décadas.
¿A quién más avisté por ahí? A Andres Neumann, que debió hacer un hueco en su apretada agenda para asistir a unas firmas con colas también bastante pobladas. Supongo que eso significa que este mes solo publicará ciento cincuenta libros, en lugar de los doscientos habituales. A Guillermo Fesser y a Manolo Gutierrez Aragón, volviendo a sus instintos novelísticos, dado que el cine español cada vez está peor. En el caso de Aragón me resultó complicado reprimirme de lanzarle un grito en plan: “¡Vaya coñazo de películas hiciste con el mejor libro de la historia!” Pero decidí dejar que siguiera siendo Fernando Arrabal el defensor oficial a ostias de Cervantes. También vi un par de veces a Paul Preston, que firmaba al lado de Rengel. Y me subió la lubricidad cuando creí atisbar a Camilla Lackberg en una caseta, pero al más puro estilo Adolfo Becquer resultó ser solo un poster. Y había las clásicas casetas en las que te podías llevar reproducciones facsímiles originales del “Quijote” o del “Beato de Liébana” al módico precio de quinientos euros o por ahí. Había casetas dedicadas a libros de música, de ajedrez y también de temática homosexual, en cuyo stand observé un libro-ensayo sobre política con el poético título de “Por el Culo”.
La verdad es que a la una del mediodía y cargando con la maleta –que cada vez pesaba más gracias a la cultura- yo estaba ya un poco hasta las narices de tanto libro y decidí despedirme hasta el año que viene. Porque a pesar de la crisis, los e-books, la mala organización, los escritores durmiéndose mientras firman, las mascotas grotescas y las hordas de fans inabarcables, esto sigue siendo una cita obligada. Además, siempre me quedará el haber conseguido firmas para algunos de mis libros de cabecera, además de las compras con un descuento del 10% y sin olvidar la visión casi divina de este jodido ratón firmando libros.
Y además fetichista, como buen literato.