domingo, 27 de octubre de 2013

EXPEDIENTE WALLACE: “Hablemos de Langostas” (2005)



Este libro de ensayos consigue lo imposible. Que una sucesión de diatribas, desbarres y filípicas de distinto tono, extensión y calado –todos ellos culmen recopilatorio de la labor de David Foster Wallace como ensayista, corresponsal o simple articulista “free-lance”- sea totalmente homogénea en estilo y forma de abordar el mundo. No importa que Wallace se dedique a reivindicar la parte más humorística de Kafka o la precaria situación de las langostas a la hora de ser cocinadas; O que alterne un análisis de campo del más prestigioso festival  de premios del cine porno, con complejos (y filosóficos) estudios sobre el uso del inglés americano. Es irrelevante a la hora de abordar la vida de la forma tan “todoterreno” en que la abordó el malogrado David Foster. A lo que me vengo a referir es a que todas estas piezas, que van desde el chascarrillo de tres o cuatro páginas a las tesis kilométricas, comparten un sanísimo sentido del humor marca Wallace, una erudición y mimo sobre el tema tratado realmente espectaculares y una insólita capacidad para emocionar, divertir y culturizarnos con materias que van desde lo ridículo y vulgar, hasta lo más abstruso e ignoto.

Un libro de ensayos que comienza con la detallada crónica de los AVN Awards, que han sido denominados los Oscar del porno y que bajo la pluma de DFW se transmutan en un divertido y a ratos extravagante viaje por un mundillo –el del cine para adultos- bastante diversificado y lleno de genios, jetas y actrices divididas en serie A o serie B, según notoriedad o fama. Especialmente divertidas son las entrevistas con Max Hardcore, gurú del cine X más destroyer y misógino (procesado por maltratador poco después de la redacción de este ensayo), o la descripción del sub(sub)género  Gonzo –que viene a ser porno supuestamente realista, rodado cámara en mano y con actrices que finjen no ser actrices- y que en definición de DFW es la versión “docu-drama” del cine X, comparándolo con shows como el lamentable “Cops” yanki. En definitiva una guía exhaustiva y zumbada sobre una ceremonia que daría para el despiporre padre, pero que Wallace presenta con la rigurosidad que cualquier evento de importancia requiere. Pero sin olvidar algunas gotitas de choteo hacia el mismo, bien es cierto.

Las dos siguientes piezas son mucho más cortas y directas, telegráficas y literarias. En una de ellas, perteneciente a una de las conferencias que Wallace impartió presentando una nueva traducción de “El Castillo”, el autor intenta convencer a los asistentes (y por ende a nosotros, lectores) de que Kafka era un cachondo. Pero con matices, claro. La reivindicación de la parte humorística del genio de Praga no es algo nuevo –Yo también soy de los que opina que “kafkiano” es un mal adjetivo para definir algo oscuro, negruno o trágico-, pero DFW propone una graciosísima y a la vez grave explicación de porque la gente “no pilla” las bromas de Kafka. Recomendadísimo. Y antes de esta conferencia teníamos la reseña de “Hacia el Final del Tiempo” de John Updike, obra que Wallace pone a parir. Pero a la vez que lo hace, tiene tiempo para desarrollar una fascinante reflexión sobre lo “otoñal” en ciertos escritores y como hacer frente al factor tiempo en el proceso creativo. La verdad es que a mi se me quitaron las ganas de leer a Updike después de este artículo.

Frank Kafka en su juventud. Aun no era consciente de que Foster Wallace hablaría de él algún día.
A continuación, y pillándonos desprevenidos, llega “La Autoridad y el Uso del Inglés Americano”. Un ensayo extensísimo, prolijo y apuntalado por anotaciones casi tan extensas como el propio texto (una de las marcas de fábrica de DFW) que con la excusa de reseñar un diccionario de inglés hace un pormenorizado recorrido y análisis del lenguaje, su manejo, la actitud de las personas a la hora de encararlo según raza, circunstancias o estamento social, y como la única salida sería llegar a una verdadera democracia del lenguaje; Aunque algunas vicisitudes de la existencia lo hagan una utopía. Este ensayo se atraganta durante hojas y más hojas –y no voy a negar que a ratos es denso, densísimo-, pero a poco que uno entre en el juego y se deje llevar por lo atinado de las indagaciones de Wallace, la experiencia no solo se hace satisfactoria sino que encima engancha. Vemos a un autor que se muestra obsesivo con cada tema que trata, y en “La Autoridad…” nos flasheamos al ver el nivel “nerdiano” de un Wallace que coteja toneladas de diccionarios y tratados linguisticos y fonéticos de tal forma que parece que este hablando de un “hobbie” (no olvidemos que a DFW también le iban, y mucho, las matemáticas. ¡Ah, sí! También la literatura y además escribía ¿Dormía este hombre alguna vez?), que se ha profesionalizado. Por supuesto el humor penetrante y los comentarios ácidos amenizan lo que, en otras manos, hubiera sido un ladrillo incomible;  Como cuando se refiere a los defensores del buen habla inglesa como SNOOTS (estirados) y no deja de jugar en todo el texto con el uso gramatical de este adjetivo. En definitiva una buena manera de asomarse al uso –y disfrute- del inglés sin perder la oportunidad de echarse unas risas en el proceso.


Las risas, eso sí, se apagan con el siguiente artículo. Es una breve crónica de como el 11 de septiembre se vivió en primera persona y como visitó la casa de su vecina –la señora Thompson- y allí todos los presentes asistieron al luctuoso e inesperado drama. No es el de Wallace un recuento reivindicativo de ningún tipo de sentimiento patriótico parcial sobre el asunto (de hecho el texto empieza con Wallace ironizando sobre la cantidad de banderas americanas que cuelgan en su barrio), sino una especie de pesar general, una comunión secreta de todos los presentes en aquella sala de estar ante la tragedia. A pesar de que también matiza el impacto que debió ser para cada persona a (sus) distintos niveles. Es como un diario en primera persona, pero que no recoge datos ni hechos fríos, sino una serie de episodios unidos que tejen un crisol que acaba emocionando. Aunque volvemos al tono un poco más festivo en “Como Tracy Austin me Rompió el Corazón” en el que se desgrana la autobiografía de la tenista a la que hace referencia el título y que comienza como una loa a su carrera, terminando como una severa crítica a la frivolidad y estupidez de la que hace gala el libro.

Y si en el anterior ensayo Wallace hace una atinada reflexión sobre los deportistas de élite, en el siguiente y kilométrico “Arriba, Simba”, el escritor hace lo propio con los políticos, los líderes y el carisma mediático en general. Este ensayo me recordó mucho al divertidísimo “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” en el sentido de que es un extenso “trabajo de campo”. Una revista (en este caso la Rolling Stone) envía a Wallace a cubrir la campaña de John McCain para la candidatura republicana a la presidencia. Lo que sigue es no solo una minuciosa descripción de todo el entorno periodístico, televisivo y de asesores que envuelve a McCain sino también un profundo y triste estudio sobre la verdad de los grandes hombres a los que parece que necesitamos seguir. En la primera faceta y al igual que en el mencionado ensayo de Wallace sobre el crucero, las puntillosas descripciones (por ejemplo de los cochambrosos hoteles en los que se alojan los miembros de la camarilla que sigue a McCain) nos acercan a un mundo perfectamente delimitado –incluye un glosario de términos informales para cada elemento de la campaña, incluido el adversario de McCain, George Bush Jr, al que llaman “El Matojo”)- y tan obsesivo que acaba horrorizando al más pintado y casi le cuesta a Wallace su, ya por si dañada, estabilidad mental. Con respecto a la reflexión, no deja de mostrar Wallace cierta amargura debido a la imposibilidad de calar realmente a cualquier figura política. Un incidente ocurrido durante la campaña –que el autor relata de forma atrapante- en el que McCain y Bush comenzaron un enfrentamiento directo en lo que se suponía iba a ser una campaña libre de polémicas, le sirve a nuestro cronista para, una vez explicada la curiosísima forma en que se zanjó la cuestión, intentar llegar a la verdad detrás de la anécdota. Para concluir que –pese a la limpieza de intenciones que parecía exhibir McCain- cualquier maniobra puede interpretarse tanto de una manera positiva como negativa. Puede ser verdad o mentira. Un capítulo final, el de este ensayo, que muestra a las claras el “background” como filósofo lógico de Wallace.

En el siguiente texto volvemos a asistir a un trabajo de campo de nuestro escritor, y nada menos que el que da título al libro: “Hablemos de Langostas”. En este polémico artículo, Wallace se desplazó a la feria de la langosta de Maine en la que, entre otras actividades, hay una gran carpa comedor con una gigantesca olla donde las langostas son hervidas vivas para su posterior uso y disfrute. El reportaje –escrito en ese estilo mezcla de candidez sarcástica y preocupación filosófica marca de la casa- no sentó muy bien a los lectores de la revista “Gourmet” donde fue publicado, debido a que Wallace pareció usar un tono de denuncia de la práctica del hervido vivo de estos animalillos. El hecho empírico en su opinión de que las langostas pataleen en la olla y golpeen la tapa con sus pinzas en lo que parecen los estertores de alguien que desea escapar, parecen invalidar las opiniones que defienden lo contrario. Reflexiones sobre si el chirrido que emiten al ser calentadas vivas son gritos de angustia o, según la versión de los defensores de la comida de langosta, el aire que se escapa de sus cuerpos acorazados. Tras un repaso zoológico sobre las langostas y la duda razonable de si sus sistemas nerviosos son tan parecidos a los de otras especies como para sentir agonía, Wallace concluye que un lector de la revista, un verdadero “gourmet”, debería plantearse también estas cuestiones. No solo con langostas sino con toda carne animal cocinada. Un ensayo divertido y muy profundo a la vez.

En “El Dostoievski de Joseph Frank” Wallace retorna al ensayo literario, en este caso haciéndose eco de la biografía por entregas que Frank estaba publicando sobre el genio ruso. En la época de este texto, Wallace había leído el cuarto libro y aun tenía que aparecer un quinto, pero por supuesto no solo se loa la excelentísima labor de Frank –que aunó biografía, análisis filológico, social, histórico… para crear el más extenso y fidedigno relato de la vida y circunstancias de Dostoievski- sino que Wallace también aprovecha para dar su visión del propio Fiodor, el cual sabemos que fue importantísimo para él en la concepción de su propia escritura. De un sarcástico observador de los problemas del ser humano –Vease “La Niña del Pelo Raro”- paso a un escritor más implicado con ese problema de “ser humano” y más dispuesto a buscar soluciones y alternativas antes que dedicarse simplemente a vociferar sobre esa molestia vital. 


Aparte de este mensaje, sin duda el epicentro vital del estudio –aparte de la reivindicación de la labor académica de Frank, como es lógico- quisiera destacar el hilarante momento en que David Foster se queja de algunas traducciones arcaicas de Dostoievski al inglés. Los fragmentos de estas traducciones que corta y pega dejan claro que a veces los traductores ingleses hacen más arcaico y totalmente artificial el lenguaje del genio ruso. Ejemplo:

“¡Anastasia Filipovna! –articuló el general Epachin en tono de reproche.

En definitiva, un documentadísimo y genial acercamiento no solo al gran Fiodor sino también a su más esforzado biógrafo.

En “Presentador” volvemos a ratos al Foster Wallace más experimental y abstruso. Como excusa, el show radiofónico de John Ziegler, presentador obsesionado con el caso de O.J. Simpson. Como objetivo, retratar el dominio casi total de la ideología conservadora en las tertulias de radio americanas. Wallace argumenta que quizás la mentalidad más combativa y abusona de la derecha conlleva este fenómeno –no es por atacarles directamente, dado que David Foster no entendía mucho de política y votó tanto a republicanos como a demócratas- de tener programas en los que avasallar al personal a base de opiniones sobre “negros de mierda”; Un término que parece que Ziegler ha usado más de una vez, supuestamente en broma, y que ha conseguido que lo echen de todas las emisoras en las que estuviera trabajando en cada momento que el exabrupto le salía de la boca.

Tal que así se lee "Presentador"
El artículo no esta salpicado de notas kilométricas, como suele ser habitual, sino que tiene los añadidos insertados con flechas a lo largo del propio texto, como bocadillos adicionales. Esto hace que más bien parezca que estamos hablando de “hipertexto” y, aunque en líneas generales el reportaje es claro y explícito –y tan absorbente como los dedicados a otros temas tan poco apasionantes de este mismo libro- lo es cierto es que este recurso reduce la legibilidad en ciertos momentos. No obstante son impagables una vez más las reflexiones de Wallace sobre el tinglado que rodea a una tertulia radiofónica, la figura casi divina como “host” del señor Ziegler (y sus peculiares costumbres) y sobre todo, la continua referencia del autor a la palabra que más se usa para referirse a la cadena de radio y sus programas: “estimulante”. El señor David Foster recoge el capote y le saca punta a todo lo “estimulante” que aparece en su crónica y como siempre depara alguna que otra carcajada.

En resumen, quizás “Hablemos de Langostas” no es el ensayo más accesible para comenzar a bucear en esta faceta de la obra del escritor americano –Sin duda le gana en ese aspecto “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, sobre todo gracias al reportaje titular-, pero el tomo que nos ocupa tiene al menos cuatro o cinco textos absolutamente memorables y un resto que no le va para nada a la zaga. A pesar de los titubeos y crisis existenciales puestas sobre el papel –marca de la casa-, que a veces nos apabullen con esa verborrea inagotable que gastaba el autor, la voz “fosteriana” acaba atrapando a poco que uno se deje; y esa mezcla entre conversación entre colegas, erudición implacable y humor suponen sin duda el mejor cóctel para disfrutar enormemente de este ecléctico viaje por la (insólita) psique del autor.


2 comentarios:

miquel zueras dijo...

Desde luego ese libro promete: juntar gonzo con Kafka. Yo también escribí un expediente langosta:
miquel-zueras.blogspot.com/2010/11/expediente-langosta.html‎
Y ahora he dibujado una portada de la novela "La cena" en la que el autor exige que en todas las portadas aparezca una langota. Ya te la enviaré.
Tienes buen ojo para los libros.
Saludos. Borgo.

WOLFVILLE dijo...


Como ya le hice saber, señor Borgo, excelente portada y aun mejor ojo para los libros ;)