lunes, 20 de febrero de 2012

LA MUJER DE NEGRO: Inquietando de la Literatura al Cine, pasando por la TV

En esto de la ficción macabra se dan a veces curiosos fenómenos de culto que sin duda rebasan las intenciones de sus más apasionados valedores, logrando cobrar tanta vida después de la muerte como la de los espectros que la protagonizan. Nadie podía decirle a Susan Hill, prestigiosa escritora de género aun en activo a sus 70 años, que su novelita de horror clásico “La Mujer de Negro”, publicada de forma modesta en 1983 iba a convertirse en un pequeño favorito para fans del género, cuyo seguimiento no ha dejado de estar de moda desde que se adaptó al teatro en 1987.

No solo el libro original no ha dejado de reeditarse en todo este tiempo -¿Cuántos pastiches de terror victoriano han sido publicados y olvidados desde mediados de los años 50 hasta la actualidad?- sino que la obra teatral sigue representándose puntualmente año tras año en una carrera dramática que la posiciona en el segundo puesto de las obras más representadas de la historia del West End londinense (siendo la primera, como ya habréis adivinado, “La Ratonera” de la señora Christie). Pero aun hay más. En 1989 se estrenó un telefilm de la BBC que adapta la misma historia, de gran éxito y similar seguimiento de culto entre los aficionados a las rarezas macabras.
Y actualmente se estrena en nuestro país la primera versión cinematográfica del libro, producida por una Hammer Films resucitada y protagonizada por una estrella como Daniel Radcliffe –que apellido tan gótico-, en su primer papel sin gafas desde que salió de Hogwarts. El guión es de Jane Goldman, una escritora a la que tenemos especial aprecio aquí en el Carnaval. Dos curiosidades casi sobrenaturales unen al telefilm de 1989 y a esta lujosa versión de 2012. La primera, que el guión de la película televisiva fue escrito por el mítico Niguel Kneale, creador de la franquicia “Quatermass” que popularizó… Hammer Films, en efecto. Y para rizar el rizo, el papel protagonista de la versión ochentera fue interpretado por Adrian Rawlins, que recientemente interpretó en cine a James Potter, padre de cierto mago juvenil que hizo famoso al propio Radcliffe. Como diría Martin Walker: “¿Mera coincidencia o…?”


¿Y es necesario tanto revuelo? La respuesta es un contundente sí, en el caso de que seas fanático de la buena literatura siniestra, las historias de fantasmas clásicas –con su cuota de telarañas, venganzas de ultratumba y presencias inquietantes- y la mejor ficción oscura del siglo XIX. La novela de la señora Hill –o “novella”, dada su brevedad- es un ABC de los mejores momentos que hicieron grandes a Le Fanu, Blackwood o, sobre todo, M.R. James y sus espíritus peludos. Es cierto que en la novela de Hill no hay fantasmas melenudos (a Dios gracias. Esa influencia de James ya ha impregnado bastante el cine de terror oriental), pero su estructura netamente clásica y esa atmósfera en la que prima más lo sugerido que lo palpable, la convierten en digna sucesora de los cuentos decimonónicos de nuestro bibliófilo-escritor favorito. Es empezar su lectura y sentirnos transportados a una época mejor, en la que no había nada más fascinante que una lluvia golpeando las ventanas, una chimenea y alguien dispuesto a narrar una historia para poner los pelos de punta.
En este caso, el relato comienza así, al más puro estilo de la “Vuelta de Tuerca” del otro James, con una familia que celebra la navidad contando cuentos de terror y el protagonista, el abogado Arthur Kipps, obligado a recordar un pasado y traumático encuentro con un terror que no tiene nada de “cuento”. Una época, cuando tenía veintipocos años, en la que un trabajo le llevó a examinar los papeles de una anciana fallecida que vivía en una solitaria casa rodeada de mareas cambiantes, brumas capaces de provocar asfixia y pantanos llenos de peligro. Para al final descubrir de primera mano, que aquella señora no estaba tan sola en aquella casa como él pensaba.

El estilo de Hill fagocita los recursos de sus ilustres predecesores –caserones apartados, difuntos recientes de dudosa reputación, una herencia de venganza y locura que sigue impregnando las silenciosas paredes de una habitación de empapelado agrietado- sin aportar excesivas novedades al asunto. Ni falta que hacen, claro. Los que sabemos disfrutar de estos viajes a la oscuridad (atávicos y casi infantiles en su poder evocador) nos dejamos llevar sin problemas por una narrativa implacable que consigue erizar los vellos del cogote –como si alguien invisible vigilara
lo que estamos leyendo- con los mínimos elementos. Solo hay un personaje en toda la historia que lleve la carga de la trama, lo cual sin duda la hizo óptima para la adaptación escénica. No hay apenas estridencias efectistas (tan abundantes e innecesarias en el terror actual), ni pasan más que dos o tres cosas en toda la novela; y sin embargo la prosa de Hill consigue ser de lo más subyugante en su aseptismo bien entendido. A pesar de ser relativamente reciente en su concepción y publicación, en “La Mujer de Negro” desaparecen florituras literarias, juegos posmodernos y la típica condescendencia del autor actual, para lograr sumergirnos en una narración pura. Más emparentada, como es lógico, con los autores antes mencionados y muchos otros que seguro tenéis en mente ahora mismo. En resumen, leer “La Mujer de Negro” es una experiencia acogedora para todos los enamorados de la “ghost story” victoriana y de todo tipo de espectros clásicos. La casa en la que Arthur Kipps sufre el acoso de presencias cada vez más tangibles, para los lectores es como un auténtico hogar. Aquí es donde queremos estar, y no marcharnos nunca.


En cuanto a las adaptaciones fílmicas, ambas son deudoras de sus respectivos periodos. El telefilm original de 1989 tiene un tempo pausado acorde con un terror más atmosférico, y aunque hace algunos cambios en la historia el resultado es una adaptación básicamente fiel de la obra de Hill. Las escenas en el cementerio y las apariciones de la Mujer de Negro –interpretada por nuestra querida Pauline Moran, que también es merecedora de una entrada aparte- tienen todo el espíritu añejo de las historias de fantasmas más “vintage” y escalofriantes. Es inevitable evocar a Henry James y la adaptación más genial de su obra (“Suspense” de Jack Clayton), ante planos como este.


Lástima que en su media hora final, y tras una magnífica estancia del protagonista en la casa maldita (llena de susurros, mecedoras que se mueven solas, etc…), la trama derive en un anticlimático epílogo que añade varias capas de significados a la obra original. Las cuales, en mi opinión, no aportan demasiado a la historia. Eso sí, perfectamente plasmado el espectro vengativo, la tensión casi irrespirable en el pueblo y la sensación de continua amenaza en cada plano. Una joyita de culto a reivindicar.


Por supuesto la actual versión es un “quiero y no puedo” entre mezclar un tono serio, clásico y de “ghost-story” tradicional con toda la parafernalia informática de sustos de cartón y efectitos macabros propios del cine de horror actual. Estéticamente muy estilizada –con un interesante prólogo que consigue enganchar con una habitación de juegos, tres niñas y una presencia en las sombras- y con algunas partes muy fieles a la obra de partida; el último tercio, sin embargo, es un continuo rosario de golpes musicales, espectros desbocados y una trama de más difícil todavía con toques casi de aventura. La habitualmente tenue aparición del fantasma titular aquí se transmuta en una sucesión de sobresaltos casposos y guiños a la galería, algo alejada de la sobriedad de la obra.


No obstante sigue siendo meritorio el hecho de dedicar al menos tres cuartos de hora de un film rodado en 2011 a la peripecia de un personaje solo en un caserón –Radcliffe no brilla, pero carga bien con la trama sobre sus hombros- y es inevitable que entre tanta escena de sustos, alguna consiga su objetivo. El final es una vez más una derivación algo extraña del epílogo de la novela, con curiosos toques de redención algo fuera de lugar en esta propuesta. Por estas y otras cuestiones –y aunque ambas adaptaciones son disfrutables cada una a su manera- lo mejor es irse a la fuente original para pasarlo de maravilla con un buen cuento de fantasmas “como los de antes”.

5 comentarios:

Nit dijo...

A mi que no ha parado de venirme la otra mujer durante tu entrada, la de blanco XD.

Este no lo he leído pero todo lo creeeeeepy me gusta, aunque no lo que activamente me de miedo, soy muy cagada (así que reconozco mi total ignorancia de las referencias de las que hablas)... me interesaba ver la película, pero ahora, por lo que cuentas, me lo tomaré con cierta distancia cuando la vea.

Y, sin duda, me apunto el libro!

Antonia Romero dijo...

Excelente entrada, señor Wolfville. No conocía esta obra y me han entrado unas tremendas ganas de ir a buscarla. En cuanto a las películas, ninguna de las dos me atrae. En especial la de Potter, he visto un trailer y he de decir que no me lo creo nada, en lugar de miedo me daba risa.

Un saludo!

miquel zueras dijo...

Ayer precisamente vi la película que me ha gustado mucho, desde luego es una buena noticia que la Hammer resucite de su ataud. Antes había visto una representación teatral de esa obra con Emilio Gutierrez Caba que tenía momentos muy resultones.
La portada que yo ilustré fue "La dama de blanco" de Wilkie Collins. Otra obra victoriana muy recomendable. Saludos. Borgo.

Llosef dijo...

Me apunto esta novela que desconocía. La serie creo que también me la apunto: ¡es que vaya plano ha seleccionado usted, señor Wolfville! Como para dejarlo estar. Y la película, pues bueno, habrá que verla también. Pero la novela primero, que veo ya que la han reeditado gracias a la peli.

El Abuelito dijo...

Como Borgo, vi en su día la versión teatral con Emilio G. Caba, que si he de ser sincero no acabó de gustarme, tal vez por haber puesto en ella demasiadas expectativas... Voy a averiguar si el libro está traducido al español, que me han entrado unas ganas locas de leerlo... ¡Gracias, don Wolfville!