jueves, 31 de enero de 2013

ARTHUR MACHEN - Entre Hadas y Faunos

 
 ARCHIVOS EXPIATORIOS: ¡Pasen y lean! Recordemos al fabulista de lo oscuro definitivo. Nunca un fauno volverá a ser un entrañable fornicador mitológico ni los espíritus del bosque serán encantadores entidades benéficas.
El escritor del sur de Gales Arthur Machen (1863-1947) tiene el honor de suponer una rara avis dentro del círculo de autores de fantasía provenientes de la época victoriana. Aunque su magnífica prosa erudita podría evocar el estilo recargado y detallista de otros grandes de la escena como M.R. James o, sobre todo, Le Fanu, lo cierto es que por temática y por tono, la obra de Machen rehuye todos los lugares comunes de los creadores decimonónicos. Su genial aportación consiste en concentrarse más en el terror sobrenatural de misteriosas fuerzas elementales de la naturaleza antes que en fantasmas y monstruos, acompañado todo ello de una atmósfera de raigambre espiritual y metafísica que puede resultar algo difícil en primeros intentos de aproximación a sus escritos. Pero que una vez se entra en su juego literario, el lector no puede menos que sentirse completamente envuelto en el relato y embriagado por sus poéticas y fuertes imágenes. Leer algunas de sus obras capitales como “El Gran Dios Pan”, por citar una de las más famosas, es una experiencia enriquecedora y adictiva que puede provocar encendidos rechazos o enormes parabienes. Pero nunca dejará indiferente.

Hijo de un sacerdote anglicano y criado en una rectoría, el pequeño Arthur se sintió enseguida atraído por las leyendas y tradiciones féericas del folklore de su país. Crecer en una zona tan llena de bosques sombríos y colinas enormes como el condado de Gwent alimentó sin duda la imaginación del niño, que también se vio estimulada por los tan comentados descubrimientos arqueológicos de la época, consistentes en estatuas y grabados de raíz pagana pertenecientes al periodo de la ocupación romana en tierras inglesas. Todos esos elementos fueron retomados posteriormente en la prosa lírica de Machen, fuerte evocadora de esos cultos secretos y antiguos que tanto influenciaron a H.P. Lovecraft. A pesar de su vívido espíritu creativo, sus padres no fueron lo suficientemente acaudalados como para pagarle una educación en Oxford, así que al alcanzar la edad adulta, Machen se trasladó a Londres para desarrollar una exitosa carrera dentro del periodismo. Para entonces ya había auto-publicado un volumen de poesía y pronto comenzó a llevar a cabo una labor traductora de los clásicos, que alternó con sus primeras obras de ficción, muy influenciadas por autores como Rabelais. Desde luego Machen no era un escritor que siguiera las modas del momento.
El Autor en 1890
Pero a partir de la década de 1890 comenzó a desarrollar ese estilo de escritura gótica tardía de raigambre realista que tan bien llevaron a cabo autores como Wilkie Collins y pudo dar a luz a esos relatos cortos que hicieron historia del horror literario. Aunque nunca abandonó su posición de articulista (polémico a veces), y sus relatos cortos también abarcaron el género humorístico y de suspense –un ejemplo de esto último sería su relato “Un Chico Listo”- es en esta época cuando despunta en todo su esplendor su obra esotérica. Además de “El Gran Dios Pan”, novelas como “Los Tres Impostores” fueron un éxito para Machen, aunque con el comienzo del siglo XX, su fama sufrió un declive en parte debido al interés que el escritor desarrolló por el ensayo religioso y por el teatro (fue actor y giró con su segunda esposa con una bohemia compañía itinerante), antes que por la ficción sobrenatural. En sus años de gloria formó parte de la hermética “Hermandad Del Amanecer Dorado”, orden espiritual a la que también pertenecieron otros grandes de la literatura sobrenatural del XIX, caso de Algernon Blackwood, Guvstak Meyrink y –posiblemente- Bram Stoker. Pero a pesar de su interés por el mundo metafísico, lo cierto es que sus creencias no le vinieron impuestas por nadie, sino que se formó una especie de religión propia basada en su amor por el espiritualismo celta. En sus últimos años abandonó la escritura, pero ya nos había legado un corpus legendario, con algunas obras que han sido reivindicadas bastante tiempo después de que la figura de Machen cayera en el olvido.

Como decíamos, si hay algo que caracteriza a la prosa de Machen es su tono poético. Con sus manierismos esteticistas –pero con sentido-, y ese fluir pausado de su narrativa, el señor Machen consigue imbuir al lector de un espíritu evocador de tierras lejanas, de fantasía y misterio. De extraños mundos alternativos que, a pesar de todo, forman parte del nuestro. “El Pueblo Blanco” en ese aspecto, podría definirse como su obra maestra. La inquietante historia que una niña deja escrita en un libro de tapas verdes, concerniente a sus encuentros con seres de otro plano que habitan en el bosque (solo se los define como “blancos”. De hecho "The White People" es el título original del relato), estremece al lector con una especie de terror sobrenatural no basado en la aparición de monstruos o espectros, sino de una especie de deidades que muchos cronistas identifican con las criaturillas del folklore. La “gente pequeña”, como se la llama, haciendo y deshaciendo sus conjuros al margen del mundo, y cuya aparición en el mismo lugar que habitan los humanos puede ser fatal para estos últimos. No menos terrorífica, y si de hecho más accesible para el lector casual, es la historia de “El Gran Dios Pan”, que ilustra el mito del fauno y lo incrusta en la realidad cotidiana de todos los días, sin perder un ápice de fuerza y horror atávico. Quizás la estructura de esta historia, con cierto toque de misterio detectivesco, es la razón de que se lea de forma más fluida que otras incursiones más arcanas de Machen en la ficción de horror. A esa vertiente pertenecen relatos no menos magníficos como la soberbia “La Novela Del Polvo Blanco” (a la que se le han atribuido todo tipo de curiosas interpretaciones alegóricas, de tipo sexual incluso) o “La Pirámide Resplandeciente”, que cuenta de forma pausada una extraña historia sobre la desaparición en un bosque de una chica, acompañada de símbolos esotéricos trazados con piedras y madera en el suelo –detalle que parece haber sido homenajeado en la reciente “El Proyecto de la Bruja de Blair”- y la relación con ese misterio que podría tener un pozo abandonado del bosque en cuyo fondo parecen moverse cosas de más allá de este mundo. Todos estos elementos fueron capitales, como adelantábamos antes, en las obras de horror cósmico de Lovecraft, el cual incluso citó deidades creadas por Machen y desarrolló muchas de sus ideas dándoles nueva y original forma.


Podríamos citar muchas otras historias de Arthur Machen –otra genialidad es su asfixiante novela corta “El Terror”-, pero como acercamiento a la obra de aquel soñador de fantasías, el cual nada tenía que envidiar al mismísimo Lord Dunsany, creo que ya hemos citado algunas claves y símbolos para dar una idea de la gran obra que nos legó el galés y su gran influencia en la literatura de terror de sus predecesores.

miércoles, 23 de enero de 2013

SHERLOCK HOLMES DESPUÉS DEL CHOCOLATE

Este hombre come poco y mal, esta claro
ARCHIVOS EXPIATORIOS: Recuperamos hoy aquel poético momento en que un "blogguer" con demasiado tiempo libre se montó un inútil ranking sobre los Sherlock Holmes gordos que en el mundo han sido. Los que ya leyeron este estremecedor documento en su época, aquí podréis revisarlo. Los que no lo hicieron... Huid, que áun estais a tiempo.
 
¿Harto de ver al gran Holmes como un espigado figurín decimonónico estilo Peter Cushing o Rupert Everett? ¿Hastiado del Sherlock fibroso de Robert Downey Jr.? ¿O del enjuto de Basil Rathbone, Matt Frewer o Arthur Wontner? Estamos de acuerdo en que todas estas manifestaciones están en sintonía con las descripciones de Arthur Conan Doyle en sus escritos sobre el gran detective, pero en múltiples ocasiones Hollywood, la BBC o el que tocara, ha decidido proponer una versión más pasada de peso del personaje. ¿Enriquecedor? ¿Humanizador? ¿O simplemente ridículo? Opinen ustedes, irregulares:

-REGINALD OWEN en "Estudio en Escarlata".

En 1933, antes de que Basil Rathbone se pusiera la gorra caza-zorros y de que Nigel Bruce balbuceara bajo el bigote del Dr. Watson, ya existían docenas de Sherlocks cinematográficos. Uno de ellos, por pura cabezonería,fue Reginald Owen que unos años antes ya había interpretado a Watson. Si bien la gordura fue una de las constantes del buen doctor en pantalla casi desde los inicios del celuloide, lo de un Holmes fondón era casi inédito -si obviamos algunas entradas en carnes otoñales de iconos como William Gillete o Ellie Norwood, claro-, así que podemos considerar a Owen todo un pionero.

Una papada elemental

GEORGE C. SCOTT En "El Detective y la Doctora"

De acuerdo, George C Scott no interpreta a Sherlock en este film de 1971, sino a un tipo que está de psiquiatra (por que va al psiquiatra y por lo zumbado que está) que en sus momentos "gaga" se cree el famoso detective de Conan Doyle igual que otros emulan a Napoleón. Sin embargo creemos que esa imágen icónica del gorro de cazador y el gabán a cuadros envolviendo tan magras y majestuosas carnes debe ser merecidamente destacada. Y esta claro que Scott interpretando a un Holmes falso y por muy gordo que esté, le da mil vueltas a muchos actores que interpretaron a un Holmes canónico. Elemental.


MICHAEL CAINE En "Sin Pistas"

Uno de los mejores actores (y sin lugar a dudas el más molón) del mundo, Sir Michael Caine también hizo un Sherlock de pega en este divertidísimo homenaje al detective. Un actor de capa caida es contratado por el Dr. Watson -verdadero cerebro tras la leyenda de Holmes- para que insufle vida a su creación de cara a los medios. El alcoholismo irridento y vida disipada del susodicho intérprete quizás son la justificación para esos kilillos de más que luce durante la historia. Un pastille paródico disfrutable 100% con momentos memorables como las juergas de Sherlock en antros de mala muerte, la participación -¡¡al fin!!- de la señora Hudson en una aventura, las deducciones trasnochadas y, por encima de todo esa frase "¡¡Pero Watson ¿Qué hace?!!" gritada por un Caine pletórico en cierta escena en los muelles de Londres.


PATRICK MCNEE En "Hound Of London"

El mítico "Vengador" sesentero, que ya había interpretado a Watson en un par de ocasiones para el Holmes de Christopher Lee decidió pedir un ascenso y se metió en la (obesa) piel del detective en este oscuro telefilm de bajo presupuesto perpetrado en 1993. Aparentemente, y según el IMDB, una de las peores películas sobre el genio de Baker Street jamás rodadas, en la que se enfrenta a Moriarty en un turbio asunto relacionado con la reputación de una dama. Irene Adler también aparece formando parte de lo que se ha descrito como un casting mediocre. Lo de la referencia al "Hound" del título se me escapa. Sin duda una pieza casi prescindible hasta para el fan más completista, pero totalmente esencial para nuestro ranking de Sherlocks ajamonados.

EDWARD WOODWARD En "Hands Of a Murderer"

Un veterano intérprete que interpreta a un Holmes con una apariencia que podríamos confundir facilmente con la de su hermano Mycroft. Realmente la clave de este telefilm de 1990 es la de romper moldes, dado que Moriarty es un jovenzuelo -y más aun comparándolo con su némesis- que se escapa de la horca de forma espectácular, secuestra al propio Mycroft e incluso tiene un interés amoroso por ahi perdido. Realmente la apariencia de Woodward, alejada de los canones que siempre asociamos a Holmes, es quizás la traición menos grave a las historias originales que encontramos en este experimento.

ANTHONY D.P. MANN En "The Hound Of The Baskervilles"

Estamos ante la joya de la corona. Una producción independiente rodada sin presupuesto por un actor casi de serie Z con mucha voluntad y convencidísimo de estar realizando una obra maestra. El señor Mann es un comediante y actor canadiense que ha interpretado en radio y en sub-productos videográficos a Holmes, Drácula y a muchos otros iconos. Todo ello independientemente de su idoneidad física para dichos papeles. Un esforzado soñador que me recuerda mis tiempos infantiles aquellos en los que me pintaba la cara de negro con los lápices de mi madre y protagonizaba obras de teatro sobre hombres-lobo con mis amigos y vecinos. Un marmolillo que merece el premio al Sherlock más poco Sherlock de la historia de la humanidad (sí, peor incluso que Roger Moore).


Hemos obviado algunas contribuciones como la de Ian Richardson en "Murder Rooms", porque al fin y al cabo el personaje a interpretar es el Dr. Bell, que estaba en peor forma física que al personaje fictício al que inspiró. Y también las últimas etapas de la mítica serie de Granada Televisión en la que Jeremy Brett engordó kilos y kilos debido a su triste enfermedad y la medicación que necesitaba. En sus propias palabras se parecía más a un Buda que a la creación de Doyle. Pero no ahondaremos más en un asunto totalmente ajeno al tono de este estudio, evidentemente absurdo, gratuito y enfocado al más descarnado cachondeo.
 

jueves, 17 de enero de 2013

“LA OBRA MAESTRA DESCONOCIDA” De Honoré De Balzac


“Ha meditado profundamente sobre los colores, sobre la verdad absoluta de la línea; pero sus muchas pesquisas le han llevado a dudar del objeto mismo de sus indagaciones. En sus momentos de zozobra pretende que el dibujo no existe y que no se pueden plasmar con trazos más que figuras geométricas, lo cual está más allá de la verdad, ya que con el trazo y el negro, que no es un color, se puede hacer una figura"

¿Se refería Balzac, en el soberbio párrafo que acabo de copy/pegar, a los muchos meandros de locura creativa que acabaría por tomar la literatura en un futuro no demasiado lejano? En cualquier caso y ciñéndonos a que en efecto esta obra trata sobre pintura, el maestro francés ofreció en “La Obra Maestra Desconocida” una absorbente y vertiginosa reflexión simbólica sobre el Arte con mayúsculas. Es decir, sobre lo que sale de cualquier alma sensible que desee expresarse a través de una pieza, sea esta escrita, musical o –evidentemente- pintada. En esta novela corta (o “nouvelle”) de casi 70 páginas –aunque para los estándares de Balzac quizás deberíamos considerarla un relato corto-, tres pintores se reúnen, disertan sobre la cuestión artística y acabarán descubriendo un misterioso cuadro que podría ser la prueba definitiva de que el arte imita a la vida o viceversa. O de que no hay mejor obra maestra que la que el artista pinta en su cabeza, pero que jamás podrá plasmar con sus pinceles.
Pablo Picasso se sintió muy cerca del anciano protagonista de este libro, el pintor Frenhofer, así que en los años 30 dibujó una serie de aguafuertes para ilustrar una nueva edición de la obra –y que podéis encontrar más abajo- en su etapa parisina. ¿Y de qué trata “La Obra Maestra Desconocida”? Pues la historia cuenta la peripecia de un joven y enamorado pintor de nombre Poussin que desea hacer carrera aprendiendo de Porbus, otra artista de más edad que, a su vez, le presentará a Frenhofer, un pintor ya en su senectud. El conflicto generacional entre estos tres artistas quedará claramente establecido desde las primeras líneas, así como una descripción fascinante de los estudios en los que trabajan. El estilo literario es, como siempre en Balzac, vertiginoso, ágil, etéreo y a la vez rebosante de información por párrafo. A pesar de que el librito se pasea por solo dos o como mucho tres escenarios y consiste en una serie de kilométricas conversaciones sobre arte, lo divino y lo humano, el  ritmo jamás decae. Más que a filípicas sobre la creación artística, el lector asiste mudo, igual que Poussin, a una clase maestra llena de fascinación por la que pasan las distintas búsquedas y frustraciones de la propia existencia, con un toque de fascinación ineludible.

El toque maestro es la aparición de Gillette, novia y musa del joven Poissin, el cual a su vez la ofrecerá a Frenhofer para que sea su nueva modelo. No solo así nos acercamos al ideal romántico de la perfecta inspiración para la búsqueda del mayor aliento poético en la obra, sino que se introduce una magnífica reflexión entre vida y arte debido al malestar de la muchacha por tener que someterse a los ojos escrutadores de otro pintor que no es su prometido. Solo en este pequeño intervalo –esta claro que también crucial para Balzac, pues con él termina la primera parte del relato como si fuera una bisagra que abriera otras puertas-, se concatenan tres significados que acaban descubriendo el meollo de la historia. Gillete no entiende de perfección en el arte y en primera instancia se sentirá decepcionada por su prometido al entregarla a un anciano pintor, cosa que Poisson a su vez tampoco entiende, porque él ha empezado a discernir que la vida debe supeditarse al arte y no al revés, cosa que Frenhofer ya ha acabado abrazando de forma plena y a su vez acabará provocando su tragedia última. La obra debe respirar, estar viva, como no deja de recalcarle el anciano a Porbus en el primer monólogo de la obra, y sin embargo esa obsesión se concretará en una obra quizás maestra, pero estéril en una época que demandaba otro tipo de arte. Y lo más triste es que Frenhofer ha trabajado en ella sin ni siquiera notarlo, dejando más clara su alienación artística del mundo.

Es esa reflexión lo que deja un gran sabor de boca al lector inquisitivo que se enfrenta a esta obra, por lo demás, excelente. Si Balzac estaba aquí haciendo una especie de advertencia sobre el peligro de obsesionarte con la propia creación hasta el punto de hacerla hermética y deslavazada incluso para el propio artista, o bien estaba haciendo un manifiesto sobre como el pintor (o escritor, o arquitecto, o…) debe consagrarse a la perfección de su arte aunque este esté adelantado a su tiempo, eso no podría asegurarlo. En un personaje como el bueno de Honoré, que fue sumamente despreciado en su época y que desde luego se dedicó en cuerpo y alma a su obra, no deberíamos descartar el posible sesgo amargo de esta “Obra Maestra…” nada desconocida, sino más bien reconocida.

Os dejo con las 13 láminas que el gran Picasso dedicó a la obra, empezando por la portada de la edición en que aparecieron:


"Pintor recogiendo su pincel y modelo con turbante"



"Pintor y modelo tejiendo"
"Pintor calvo ante su caballete"
"Escultor ante su escultura, con chica joven con turbante y cabeza esculpida"
"Toro y caballo en la arena. Paris"
"Pintor con dos modelos observando una tela"
"Desnudo sentado y esbozos (Caballo, toro, torero...)"
"Pintor ante su cuadro"
"Tres desnudos de pie, con esbozos de rostros"
"Pintor trabajando observado por modelo desnuda"
"Escultor con escultura y otras obras"
"Pintor ante su caballete con modelo de largos cabellos"
"Tabla de los aguafuertes. Paris, 4 de julio 1931"

sábado, 12 de enero de 2013

"LA MALDICIÓN DE ROOKFORD" De Nick Murphy

En el campo del terror sobrenatural más clásico hemos vivido un renacimiento reciente, que cubre una necesidad bastante añorada por los verdaderos aficionados a las buenas historias de fantasmas. El problema viene cuando en realidad no se cubre esa pulsión, por muchas buenas intenciones que tenga el proyecto de partida. La casi siempre interesante BBC produce para el cine “La Maldición de Rookford”, una entretenida historia de apariciones espectrales ambientada a primeros del siglo XX en la campiña inglesa, concretamente en un internado para niños. Un par de extrañas muertes y los rumores sobre la aparición de un infante muerto hace años, llevará a uno de los profesores a requerir la ayuda de una famosa investigadora de lo desconocido, experta en destapar fraudes paranormales, falsas sesiones de espiritismo y demás supercherías relacionadas con los muertos. Hay susurros, inquietantes presencias acechando a las espaldas de los protagonistas y una atmósfera manierista llena de matices. Todo interesantísmo, todo muy bonito. Pero poco más. Algo empieza a ir mal casi enseguida, y no solo por la amenaza fantasmagórica...
El problema de “La Maldición de Rookford” no es desde luego su tempo durante todo el metraje, las interpretaciones de los actores, ni desde luego su diseño formal (vestuario, dirección artística decorados), pues todos esos elementos están a un nivel muy decente tirando a alto. A pesar de algún momento de flaqueza en el ritmo, el film se pasa en un suspiro y consigue mantener cierto interés incluso en los momentos más previsibles, gracias a reflejar un contexto histórico fidedigno realmente propicio para estas historias de fantasmas de salón. Pero es eso precisamente lo que acaba decantando la balanza a favor del no y deja un sabor agridulce al término del metraje. El film, dirigido con pericia pero sin demasiada personalidad por el televisivo Nick Murphy, plantea una fascinante reflexión sobre la paranoia ocultista –y concretamente espiritista-, que asoló a las islas británicas en un periodo tan sensible como el de entreguerras. Por desgracia un planteamiento tan sugerente, implícito en pinzeladas desperdigadas sin ton ni son por todo el metraje -el pasado bélico del personaje interpretado por Dominic West, la vergüenza psicótica del jardinero por no haber ido a la guerra, el deseo de los cientos de almas que buscaron en el espiritualismo una esperanza de volver a comunicarse con sus seres queridos del más alla-, todo ello no son más que aleatorios elementos de un marco que prefiere enfocar una tópica trama de espectro trágico víctima de un trauma en vida. Y por supuesto la sorpresa final que une el destino de la protagonista a la amenaza oculta de la casa (caserón en este film), en la peor tradición de bodrios como “La Morada” o “El Orfanato”.
Asi que al final ni la trama de misterio es tan importante, además de ser adivinable sin demasiado esfuerzo, ni los detalles de verdadera enjundia logran sobreponerse a una historia excesivamente deudora de ciertos clichés y “sustos” más propios del terror moderno que del clásico que se supone quiere reivindicar. Por supuesto que, en ese ámbito, la comparación con el petardeo histriónico de algunas escenas de la reciente “La Mujer de Negro” hace que “La Maldición de Rookford” suba muchos enteros. Ojala todas las películas de espectros actuales se dedicaran a construir una tensión creciente tan clásica como en este film. En ese punto debemos reivindicar hallazgos tan estimulantes como el de la casa de muñecas cuyos inquilinos de trapo cambian de posición (y aumentan en número) de forma sutil. Pero a pesar de su clasicismo e interés, no se puede evitar pensar que con tales mimbres –unidos a una cierta reflexión filosófica sobre el mundo de los muertos-, podríamos haber estado ante una de las películas espectrales más interesantes del yermo panorama actual. Y que, por desgracia, se queda a medio gas, en una tierra de nadie tan vaporosa y sin alma como los personajes que se pasean por ella.

lunes, 7 de enero de 2013

"EL EXTRAÑO RESPLANDOR VERDE" De Jean Ray


Nos encontramos ante una de las encantadoras novelitas “pulp” edición belga que cuenta las aventuras de Harry Dickson, ese émulo de Sherlock Holmes que acabó provocando la mala leche de los representantes legales del propio Conan Doyle a primeros del siglo XX desde las pérfidas tierras germanas. Se supone que Jean Ray –el genial autor de “Malpertuis” y escritor de más de un relato corto que merecería más atención- comenzó a traducir estos “pastiches” alemanes (más que “pastiches” o “apócrifos” eran robos directos) a la altura de los años 30, pero que dado que se aburría, comenzó a escribir nuevas historias completas basándose únicamente en las ilustraciones de la edición teutona. Todavía hay estudiosos que se dan de cabezazos contra la pared intentando analizar exactamente cuales fueron las novelas que escribió Ray, cuales simplemente rescribió y cuales tradujo a secas. Se supone que esta es una de las que realizó casi desde cero y es tan descacharrante como las demás.

En esta ocasión tenemos a un temible rayo verde –nada que ver con el de Verne, y mucho menos con el de Rohmer- que usa un misterioso terrorista internacional, previo choriceo a un importante científico, para chantajear a una Londres amenazada por el espionaje de entreguerras. Por supuesto que Harry Dickson usará todos sus poderes de deducción para descubrir al culpable entre una variopinta caterva de personajes a cada cual más cliché, llevándose la palma un carismático espía alemán, un noble hindú y (mi favorito) un judío usurero amigo de chantajear a los demás. El toque… algo relajado en las cuestiones raciales, hace que asistamos alborozados a escenas como aquella en la que el malvado terrorista se carga a uno de los personajes amenazados y Dickson literalmente piensa “ya le podía haber tocado al judío”. Bueno, vale, literalmente no, pero la idea de su frase exacta es esa misma. Estamos en los años treinta y una revista barata sin su cuota de racismo sería incluso decepcionante.

Y sin su ración de diversión alocada también, y de esa no falta. Que Ray es un buen escritor queda fuera de toda duda pese a la petardez final del conjunto, y es que estas novelas de Dickson no deben ser vistas solo como un relajamiento “pulp” del autor para pagar facturas –que también-, sino como una forma de insertar los conceptos más locos y marcianos en una trama detectivesca clásica. Sin redondeces morales ni profundidades emotivas, aquí solo encontraremos gloriosos sustos, cachiporrazos de tebeo y situaciones más grandes que la vida protagonizadas por un héroe principal capaz de salir de cualquier brete gracias a su astucia, habilidades y poca vergüenza.

Portada de un recopilatorio del personaje a cargo de la mítica editorial Club Neo
 De un comienzo en plan “deus ex machina” con dos inspectores de Scotland Yard descubriendo la amenaza del destructor rayo en un castillo de la campiña hervidero de rumores de fantasmagoría, hasta la persecución en barca de los responsables, pasamos por asesinatos sorpresivos –o a estas alturas ya no tanto-, seguimiento de personajes sospechosos, misteriosas “femmes fatales”, disfraces, matones exóticos, espías a la fuga y… redoble de tambores porque ahora viene lo bueno… ¡¡Dos peleas con sendos androides!! El último de ellos incluso tiene la misma apariencia del propio Dickson, así que el detective tendrá que darse de ostias con un malévolo robot que porta su efigie y querrá asesinarle con su fuerza sobrehumana. Supongo que sería redundante decir que esto es una maldita gozada y que todo aquel amante del suspense/terror “vintage” sin prejuicios pasará un rato más que agradable.

Para terminar, os dejo con la portada de la mítica adaptación comiquera en gloriosa "linea clara" de esta "nouvelle":